El martes tuve que entregar un trabajo para Taller. Pero llegué muy tarde a clases y aún más tarde entregué el trabajo solicitado. Tengo mis argumentos para ello. El día domingo tuve que hacer un cartel para la Escuela Abodah. Me propuse terminarlo en 4 horas, pero estuve hasta las 7 de la mañana del lunes haciéndolo. Porque quería que quedara perfecto y en esas cuatro horas no lo conseguí. En verdad, ese cartel lo trabajé como siempre hago las cosas. Es una obsesión por hacer lo mejor, que no quede ningún detalle fuera, que nada queda mal.
Esa demora me desajustó el calendario e hizo que ese lunes llegara del trabajo a casa a acostarme, para dormir unas 4 a 5 horas y levantarme a las 2 AM y finalizar el trabajo que debía presentar para taller. Las ideas ya estaban creadas, era cosa de darles el toque final. Pero como sé que al diseñar me demoro más de lo que estimo, decidí trabajar desde muy temprano.
Pero mi obsesión por hacer las cosas perfectas me llevó a hacer de los detalles más tontos los importantes… como siempre. En uno tenía que superponer un texto sobre un lápiz labial, y estuve más de media hora distorsionándolo para que efectivamente pareciera que el labial estaba escrito con ese texto. Pero al mirar el resultado, me di cuenta que la distorsión sólo era buena, no era perfecta. Se notaba mucho que era un montaje. Y estuve otra media hora más hasta lograr bastante bien lo que quería… pero no quedó perfecto, ya que tenía que avanzar. ¡Una hora dedicada a solo 500 píxeles cuadrados (a 300 dpi)!
Resulta que en mi obsesión, olvidé que el trabajo debía montarse en cartón y camisa, y no había comprado los materiales para ello. Y que mi impresora no imprime tamaño tabloide (doble carta). ¡Rayos! Entonces me lamenté y dije “Por qué tengo que ser tan perfeccionista! ¡Por qué no puedo hacer las cosas más sencillas!”
Me atrasé mucho. Salí de mi casa a una media hora de iniciar la clase (me demoro 1 hora y cuarto de mi casa a la U en el mejor de los casos). Cuento corto: compré los materiales, llegue a la U con más de una hora de atraso, entre a la sala y allí terminé de hacer el montaje. Para colmo, allí me entere que mi jefe, el diseñador Carlos Vásquez fue a dar la primera parte de la clase, la cual me perdí. Seguramente él me buscó en la sala… ¡qué me diría cuando nos encontráramos después de clase en su Estudio!
Y sentí vergüenza. Y me pesó por toneladas el mensaje que ronda mi cabeza hace varias semanas: “ser, no hacer”. Porque efectivamente estaba haciendo las cosas lo mejor posible, pero no estaba siendo el mejor. Al contrario, estaba siendo el peor… el más atrasado, el mas irresponsable, etc. ¿De qué me servia matarme trabajando haciendo lo mejor, si no estaba siendo el mejor?
Ya en clases, la profe Rosario me hizo una pregunta, como diciéndome “ya Patricio, olvida que te atrasaste y perdiste media clase y participa con nosotros”, pero de pura vergüenza no pude responder su pregunta. ¿Será que en mi afán por hacer lo mejor, estoy decepcionando a la gente que ha puesto su confianza en mí? De seguro que si.
Es entonces cuando veo que mis formulas de éxito no sirven. Que los argumentos no tienen valor… por mas explicaciones que dé y por muy válidas que sean, la falta está cometida. Y si bien, mi amado pastor Roberto me lo ha repetido muchas veces “deja de hacer y preocúpate de ser”, estas cosas te hacen despertar y reflexionar “¡hey, lo de ser es para ahora! “Y me queda claro ahora. Una persona que procura hacer es alguien sin compromiso, irresponsable en todo, que busca mil cosas para llenar de agenda pero que no genera impacto con lo que hace. Le importa que le reconozcan, que vean en el todo lo bueno que hace.
Una persona que procura ser, es alguien comprometido, responsable, que genera impacto por como es, y eso habla más de él, que cualquier cosa que haga. Y lo que hace, resulta excelente ¡porque es producto de su forma de ser!
Ahora, ¿ser qué?… eso depende de cada uno. Yo, seré el mejor diseñador, seré alguien que levante una nueva generación para Cristo, seré alguien que haga historia. La actitud es la que determina el resultado de lo que somos.
Y tú, ¿qué quieres ser?