Crónica de una muerte anunciada II
10 Abril, 2007

El lado A siempre es el lado bonito y optimista de las cosas. Es el lado que se cuenta en los funerales, el lado que dice “era tan bueno”. Es un lado esperanzador y suele provocar la pena o compasión del grupo sobre una desgracia.
El lado B es el lado crudo y real. Es el lado que se evita contar en los funerales, pero se cuenta en la borrachera del día siguiente. Es el lado que dice “no era ná tan güeno poh compadre, salú“. Es un lado frío, revelador, a veces abrumador y otras veces desalentador. Suele provocar un “ahh, por eso” y aunque no necesariamente deja mal a la persona, si dice la verdad dolorosa.
Porque toda cosa que pasa tiene dos verdades: la verdad bonita y la dolorosa, y juntas hacen la verdad completa. El turno de la verdad bonita ya pasó, eso fue en la entrega anterior. Ahora toca la otra verdad…
Primer Año
Como venía de un gran Liceo, el primer semestre, casi sin tocar los cuadernos, los pasé como nada. Claro, el no estudiar me mereció no eximirme de prácticamente todo. Pero lejos estuve de echarme un ramo. Aún era el niño bueno de notas buenas. Aún conservaba el estar dentro de los primeros de la clase.
Pero eso llegó hasta allí. Semestre nuevo y materia nueva. Comencé a sufrir y tuve que estudiar. Pero no lo deseaba. Cuando salí de cuarto medio y guardé mi uniforme escolar en una bolsa de basura me prometí que jamás volvería a estudiar algo como física o matemáticas. Menuda promesa. Porque volver a tener física fue fastidioso. Me cuestioné el estar en Farmacia y quise escapar. Mitad de semestre y no quería seguir. Pero nos dieron un trabajo en Introducción a la Farmacia y el probar un poco del mundo farmacéutico me llamó poderosamente la atracción.
Igualmente opté por dar la PSU, porque por muy lindo que se veía todo, no quería tener más matemática ni más física. Y no deseaba estar toda mi vida diciéndome “pudiste cambiarte y no lo intentaste”. En ese entonces odiaba la física. Odiaba los vectores. Odiaba tener que deducir las ecuaciones de velocidad y posición en base a la integral de la aceleración.
Y di la prueba.
Y fue un desastre. Mis 797 de matemática se transformaron en 650 puntos. Y los otros fueron algo más bajos, promedio 640. Según mis cálculos, ni siquiera me alcanzaba para farmacia. Así que agaché el moño y me convencí que esta carrera tenía que gustarme sí o sí.
Pero me fui engañando sin darme cuenta. Porque llegue a “amar” esta carrera y defenderla casi como activista político. Con el ontogénico Álvaro (gurú, sensei y CEO de Botikarios… una especie de versión farmacéutica de Steve Jobs) parecíamos evangelizadores de una “nueva era farmacéutica” y cuando alguien nos “compraba el cuento” (Álvaro, nota que está entre comillas por favor) fuimos muy felices. Más de una vez me ofrecieron participar en el centro de alumnos. Yo de verdad creía que me gustaba esta carrera. De verdad sentí que la amaba… pero mis estudios demostraban lo contrario. Mis notas estaban mediocres, por no decir malas.
Segundo Año
En segundo año me puse a trabajar… diseñando sitios web en una agencia de publicidad (!!!), ¡qué irónico! Allí conocí los Mac (un PowerMac G3) y aprendí a usarlos. Tuve en mis manos una guía Pantone y tuve que lidiar, aún sin cumplir los 19 años, con una manga de clientes que no sabia lo quería, pero había que dárselos. Eso descuadró todo mi año académico. Cuando terminé de trabajar, comenzaron las pruebas solemnes y no había estudiado. Reprobé varios ramos, y tuve que dar exámenes hasta días antes de comenzar el segundo semestre. Eso perjudicó mi cuarto semestre porque ya llevaba año y medio sin vacaciones. Y reprobé otra tanda de ramos.
En realidad, salvo una sola vez, nunca reprobé un ramo por incompetencia. Siempre llegaba un punto donde evaluaba si me seguía esforzando por aprobarlo o lo daba por perdido. No es que me fuera mal, pero teníamos un reglamento de evaluación tan raro que para eximirte de las pruebas finales tenías que ser el profesor. Había ramos en que el 99% del curso no se eximía. Y tener que estudiar tanta materia para tan pocos días, y para todos los ramos (era raro en mí y en casi todos eximirse) me daba fatiga mental. Así que decidía faltar a las pruebas y reprobar los ramos por falta de requisitos. No me interesaba esforzarme. En verdad estaba muy cansado y no tenía ánimos para dar la pelea.
Este cansancio derivó en trastornos de sueño que me afectaron en 3º año, al punto que aún queriendo estudiar, no podía, la materia simplemente “no entraba ni por ósmosis”.
Tercer año
Cierto día sábado tenía dos pruebas solemnes. Y no fui capaz de despertar. Mi mamá llegó a llorar de la desesperación, despertándome, pero no pude levantarme. Estaba agotadísimo. Entonces, y recién, me preocupé y fui al médico: trastorno de sueño severo por estado tensional. Inicié sobre la misma un tratamiento con medicamentos muy fuertes (Hemitartrato de Zolpidem)… pero era ya muy tarde y perdí el semestre. Y gracias a mi genial idea de reprobar los ramos por falta de requisitos, me encontré con que me eché simultáneamente 3 ramos por segunda vez. Y como la carrera sólo permite tomar dos ramos por tercera vez, estaba frito.
Me expulsaron de la universidad. Quedé descolocado. Me sentí muy decadente, sobre todo al recordar el buen alumno que era en el Liceo, cosa que no se reflejaba para nada en la universidad. No entendía por qué había llegado a este punto, vergonzoso. Y no me di cuenta que era el momento de irme de farmacia, pero no fui capaz de ver eso. El diseño me llamaba por todos lados, pero nunca pude verlo. Yo le decía a Dios “quiero ver si debo seguir o no, y si debo cambiar, quiero ver claro a donde ir”. Y Dios me lo mostró, pero yo –menso– no lo vi. Yo insistía en que esta era mi carrera y elevé una carta a Luis Riveros, rector en aquel entonces de la U, explicándole mi trastorno de sueño y pidiéndole la reincorporación a los estudios porque era un Q.F. de corazón.
Debo agregar que por este tiempo mis sentimientos de amistad con Yesie se volvieron románticos y me proyecté en serio con ella (será porque ha sido la única mujer que me ha hecho sentir (y aún me hace sentir) maripositas… jejeje). Y ahora tenía un gran motivo por el cual estudiar -ella-… pero justo me cortaron las alas. Fue un semestre muy duro para mí. Me daba vergüenza ir a la U, y no tenía qué inventar para obviar la verdadera respuesta a mi ausencia. Aparte que viví unos procesos personales tan dolorosos, que cierto día rompí en un llanto desgarrador por más de media hora. Me había guardado todo lo que había vivido. Me había mostrado fuerte y me levanté frente a todo… pero no pude aguantar más. Nunca en mi vida había llorado así. Pero me hizo muy bien y ya no me importaba lo que fuera a pasar. Con Dios de mi lado, era suficiente.
Luis Riveros, en carácter de excepción por mi condicionante de salud, me permitió volver, pero su respuesta fue tan tarde (llevábamos ya 7 semanas de clases del 6º semestre) y yo estaba tan cansado que pedí congelar el semestre. A finales de ese semestre recibiría el premio lavándula al alumno más destacado, y con todo esto sentí que en verdad Farmacia era mi carrera. Cito textual lo que escribí en mi fotolog para esa ocasión:
Yo fui el alumno homenajeado de este año con el Premio Lavandula 2005, cosa que me pilló completamente desprevenido. Porque, los que saben lo que he vivido estos meses, entenderán cuan significante es ese premio después de tamaña experiencia. Cuando la profesora me abrazó y me felicitó, sentí tu abrazo en ese momento [aquí me refiero a Yessenia]. Sé que si hubieras estado presente, te hubieses alegrado –quizá– hasta las lágrimas con la honra que Dios le dio a un hijo que cayó, y por Su gracia se volvió a levantar. No lo siento coincidencia sino como confirmación que esta es mi carrera. Y me emocionó mucho sentir el apoyo y la batahola de aplausos y chifles de mis compañeros cuando me entregaron el premio. Ja, se me quedó grabado lo que me gritó Chumingo (David Aravena) cuando bajaba las escaleras “¡Grande Pato, te lo merecías!”. De verdad, todos me sorprendieron. Y más aún cuando esta es la 1º vez, desde 1954 (que fue la 1º fiesta) que se entrega este premio.
Cuarto año
Entonces comenzó mi cuatro año (el año pasado). Llegué con las pilas puestas, y con una motivación enorme a sacar la carrera en el menor tiempo posible. ¿Quién hizo eso? La Yesie. Ahora tenía un motivo poderoso para dejar todo mi fracaso atrás y ser un conquistador. Y ese semestre fui como bala. Tenía muy pocos rojos, hasta aprobé orgánica casi con un 6. Bueno… era tercera vez que daba los ramos… mínimo.
Pero el segundo semestre tomé Operaciones Unitarias y Bases de la Fisicoquímica Farmacéutica. Y comenzó mi drama vocacional por 3º vez en la carrera. Odiaba operaciones. Nunca hice un ejercicio de balance de masa, tuberías, flowsheet y toda esa basura que, según mi parecer, no servía de nada para un farmacéutico. ¡Para qué, si de eso se encargan los ingenieros químicos! Pero allí estábamos, estudiando los distintos grosores de cañerías, y vamos pasando de atmósferas a pascal, milibar, pulgada por libra cuadrada y centipoise a la menos uno por newton dividido hora por centímetro cuadrado… ¡agh! Lo odiaba.
Por otro lado, tenía Fisicoquímica Farmacéutica, con sus laboratorios donde hicimos emulsiones, geles, microencapsulación con alginato, suspensiones… ¡ah que era feliz haciendo eso! Estaba haciendo medicamentos y sentí que por fin, después de tanto tiempo, vislumbraba la luz de la farmacia. Pero odiaba las mil y una fórmulas en clases, y nunca estudie para las pruebas… no sé como obtenía azules en los controles. En realidad, sólo me gustaba hacer algo con mis manos, cero interés por entender a cabalidad las ecuaciones que hacían posible esas cosas. Claro, era interesante conocer por qué el carbomer actuaba diferente en medio ácido y en medio alcalino. Pero fue más interesante probarlo en laboratorio.
Y me estaba aburriendo de orgánica II. No podía ir a clases por tope de horario,y no podía entender bien algunas cosas que para muchos compañeros eran tan obvias. Estaba haciendo analítica por segunda vez (era el único ramo repetido que tenia ese semestre) y eso me fastidiaba. ¡Una lata!
Entonces, de pronto vino la crisis. Porque vinieron las primeras solemnes y me fue mal en todas. Sobre todo en analítica, que debía ser fácil. Estudié “mucho” para esa prueba y me fue muy mal. Por si fuera poco, me enteré que le yo le gustaba a una compañera y se me sumó otro problema, porque ahora tenía que tratar con pinzas a esa niñita y a todo su grupito de amigas para que no se pasara rollos conmigo (cosa que me molesta). Todo eso me estresó y caí en un estado semidepresivo.
Y le dije un día a mi Yesie: “sabes, me aburrí de Farmacia. Me quiero ir de esta carrera” Y le expliqué mis razones. La Yesie me miró perpleja y me animó a que siguiera adelante, que pensara en ella y en nuestro matrimonio (a futuro). En verdad, yo quería esforzarme por amor a esta mujer, pero no podía. La repulsión hacia la carrera me superaba, y nadie era capaz de entender eso. Ni siquiera ella en un principio. Era como tratar de juntar dos imanes por el mismo polo. Con mucho esfuerzo era posible juntar los polos… pero eso no era indicio que en verdad existía atracción.
Después le hice sentir mis ganas de deserción a mi mamá. Y ella se asustó. Y con justa razón, ya me habían expulsado una vez. Inconscientemente dejé de lado mis estudios para dedicarme a otras cosas, escribí muchas partituras esos días para una cantata navideña. Pasaron algunas semanas y reprobé Unitarias por falta de requisitos. Fisicoquímica estaba al borde de la reprobación. Y Analítica estaba peor. Lo único que podía salvar era Orgánica. Ahora yo estaba asustado. Pensaba en Yessenia, y me obligué a sacar mi carrera. Pensaba que ya llevaba casi cuatro años, no podía tirarlos por la borda… y a su vez pensaba en todo lo que se venía el próximo año, y estaba seguro que si ya había sufrido mucho estudiando cosas que no quería estudiar, sufriría aún más. Me sentía preso de mi decisión y que no podía optar a nada más que seguir, dañaría a mucha gente si decidía renunciar. Y proponiéndome eso, estudié como nunca Analítica, pues con ese ramo me jugaba todo. De todas las unidades que entraban en la prueba, sólo me quedó por estudiar volumetría. Y, justamente de las 7 preguntas de la prueba, al menos cinco tenían algo de volumetría.
Salí de la prueba con ese sabor amargo de saber que se venía una pésima noticia. Entonces me puse a buscar trabajo, y como lo encontré, dejé la universidad de lado por un par se semanas. Al final, tuve que renunciar porque tenía cosas que entregar todavía para Unitarias (¡agh!, unitarias….).
Y otra vez
El asunto es que ya no daba más. Y sentí que me pasaría lo mismo que le pasó a mi papá cuando lo echaron del trabajo por tener más de 25 años en la empresa: en virtud que no quiso renunciar frente a la sobrecarga de trabajo que le impusieron injustamente, la empresa se vio obligada a despedirlo ya que se dio cuenta que no daría su brazo a torcer. Y pensé “si no me voy, me van a echar y esto no va a tener un buen final”. Y rechacé ese pensamiento.
Un día, ya cercano a navidad, me llama mi amigo Rodrigo Villacura, preguntándome como estaba. Yo estaba bien, y se lo hice sentir. Y él se sintió muy aliviado así que conversamos muchísimo rato. Y en eso le pregunto si él sabía sobre las notas de analítica. Y a él se le cae el mundo y me dice “Pato, ¿no sabes?”. Y le dije que no. “¿De verdad no sabes?”. Y le insistí que no, pero se me hizo un nudo en el estómago porque creí saber. Entonces me dice “Pato, te sacaste un dos y tanto en la prueba. No te alcaza para dar examen. Estas fuera”.
“Auch”, pensé. ¿Cómo se lo digo a mis padres? Se van a morir con la noticia, sobre todo mi mamá. Y me sentí mal porque ellos habían puesto su confianza en mí. Pero también me sentí bien, como si una pesada carga me la hubiesen quitado de mis espaldas. Y respiré aliviado. No había decidido aún si me iba o no de la carrera, porque no quise seguir pensando, me estaba complicando mucho ese pensamiento y no me dejaba en paz. Pero ahora ya no tenía que decidir. Y me sentí bien. Sonreí. Le dije a Rodrigo que todo estaba bien, que me imaginé tal resultado. Porque estaba conciente de la posibilidad de que me volvieran a expulsar por analítica. No lo quería, prefería irme por mi propia decisión… pero a la larga lo que importaba era irse, independiente de cómo.
Y vino la agonía de contarle a mis padres. Fue duro para ellos. Fue muy duro para mí. No fue una conversación con altura de miras, sino con reclamos y responsabilizando a destajo a todos los que supuestamente me llevaron a esta situación. Yo me apené porque sentí que los había defraudado y tuve que ser muy duro para exponerles la situación como en verdad era (porque hasta entonces, todo lo que les he escrito aquí lo sabía sólo yo). Que teníamos que aceptar la verdad de que ya no me interesaba seguir estudiando Química y Farmacia. Y culparon a medio mundo. Y tuve que defenderlos a todos.
Y quedamos tan mal después de esa conversación que decidí terminar con Yessenia, por temor a que mi familia la culpara a ella. Era tonto, yo me esforzaba por ella… pero como yo no estudiaba, era seguro que lo atribuirían a que ella me robaba mucho tiempo (cosa que no es cierta), y no quería exponerla a esa humillación. Después lo pensé mejor, y decidí que era una pésima idea, ¿cómo podría hacerle eso?
Durante enero de 2007 vino el proceso de contarle a la familia completa. Lo hice de a poco. Lo que menos quería era sermones ni consejos. No estaba en cuarto medio, así que no estaba dispuesto a escuchar sugerencias para el 2007. Pero en general, mi familia estuvo conmigo y todos reconocieron que en verdad… nunca debí estar en farmacia.
Pero, ahora que estaba afuera… ¿qué debía hacer?, ¿trabajar este 2007?, ¿estudiar?, ¿qué cosa?, ¿dónde?, ¿con qué dinero?
A continuación, el bonus track…
Entry Filed under: Mi cambio de carrera, Personal. .
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1.
Kathy | 17 Abril, 2007 at 1:39 am
Me encontré con tu blog porque revisaba esa página magenta para un trabajo de la U. Está demasiado buena tu página, yo tb estudio diseño y me entretuve mucho con tu historia del lado B, no solo eres un diseñador innato si no un buen narrador. Creo q pondre tu blog en mis favoritos web. Chau!
2. ¡No sé qué estudiar en la Universidad! 1º parte « patográfica | 20 Febrero, 2008 at 6:57 pm
[...] En verdad me involucré mucho en mi carrera. Me hice amigo de algunos profes (cosa que a la larga a todos nos pasa) y hasta logré obtener premios por mi “labor pro farmacia”, por decirlo de alguna forma. Pero yo no encajaba allí. A veces sentía ese malestar extraño y oculto que aparece cuando estás incómodo. Y poco a poco, ya cuatro años después de ingresar mi interior me gritaba a todo pulmón “Farmacia no es tu lugar, debes salir ahora”. Tenía mucho que perder y poco que ganar, pensaba, así que no me quise arriesgar y que Dios tuvo que intervenir de formas dolorosas. Pueden leer toda la historia aquí y aquí. [...]
3.
Pablo | 9 Marzo, 2008 at 4:23 pm
Muchas gracias por exponer tu experiencia, me ha servido de mucho. Yo empecé este año Ingeniería Química pero sentía que la carrera me consumía por dentro a pesar de que no se me daba mal; finalmente he decidido dejarla y ahora estoy un poco perdido pero tu experiencia ha arrojado mucha luz sobre el camino que me dispongo a andar.
Un abrazo desde España y enhorabuena por tu valentía.
4.
Patográfica | 9 Marzo, 2008 at 11:34 pm
Gracias por tus palabras, Pablo.
Es reconfortante saber que la experiencia personal (y que en un momento se tornó difícil) puede ayudar a otros.
Que tengas éxito en lo nuevo que emprendas. Un abrazo desde Chile
5.
Cata | 19 Febrero, 2009 at 3:49 am
Llegué a tu página por casualidad y te juro que me senti demasiado identificada.
¿tienes un e-mail donde escribirte? me haria muy bien un consejo, estoy pasando por una situacion similar (ejem, estudio farmacia… solo eso diré). un abrazo y gracias por contar tu experiencia, me sirve de mucho